Recuerdo que una vez, en la cama del hospital después de haber dado a luz, Marco se acercó a mí y me dijo que era una niña; que tenía los ojos azules. En ese momento, completamente agotada, me quedé dormida. Sí, mi nenita hermosa, tenías los ojos azules como el cielo
Sobre esto quiero contarte una anécdota. Mi abuelita Aurorita era una señora blanca, casi transparente, de cabello gris encanecido y unos ojos azules divinos. Para ella, las hijas de Rosendo —su único hijo— eran sus favoritas, y yo lo sabía perfectamente; sabía que era una de sus preferidas. Un día, siendo yo muy pequeña, tanto que apenas alcanzaba la altura de la mesa de su comedor, me acerqué a ella, la miré con profundo amor y le pregunté:
—Abuelita, ¿cuándo te mueras me regalas tus ojos?
Al escucharme, mi papá se levantó de inmediato, me jaló de la oreja y me hizo llorar por la impertinencia. Pero la abuelita lo detuvo:
—No, no le pegues. Déjala —le dijo.
Me atrajo hacia ella con mucha ternura, me miró fijamente y me prometió:
—Sí, mijita. Cuando yo me muera, te regalo mis ojos.
Y me cumplió; me regalo sus ojos a través de ti. Aunque Marco tiene ojos verdes, para mí la abuelita me heredó su mirada en tu ser.
Para 1990, mi abuelita Aurorita ya había partido, dejando en mi papá la firme promesa y la costumbre de visitarla en el panteón cada mes para llevarle flores y limpiar el lugar donde yacía descansando. Debido a esto, el ritmo de vida de mi mamá se tornó en la monotonía de ir todos los domingos al cementerio, para luego desayunar en casa de mi tía Ernes o en restaurantes junto a ella y la pequeña Gloria Aurora (Titi), que ya había nacido. Mi papá sentía una enorme gratitud hacia mi tía Titina por haber cuidado de mi abuela hasta su último suspiro, y por la soledad que ella vieja al estar separada de mi tío Arnulfo, él la visitaba sin falta. Era como si el alma de mi abuelita siguiera presente en esa casa. Cumplía semana a semana con la devoción de un hijo amoroso; hoy puedo entender perfectamente el sentimiento de mi papá al perder a su madre y quedar huérfano, así como el lazo tan estrecho con su hermana, pues ambos compartieron los mismos dolores en la infancia y la sagrada tarea de cuidar al único ser que los amó sin límites.
Mi mamá, sin embargo, no lo entendía así en ese tiempo. Le fastidiaba cumplir con esas visitas semanales que se convirtieron en una rutina pesada y en la base de sus constantes quejas con su propia madre y hermanas. Se quejaba fervientemente de esos momentos monótonos porque ella aún no experimentaba el dolor de perder a un padre. Además, como mi mamá cumplía años el 13 de agosto, el mismo día que mi abuelita Aurorita, mi papá las festejaba a ambas; pero al faltar la abuela, él iba sin falta al cementerio en esas fechas, algo que mi mamá detestaba porque sentía que empañaba su día, el cual deseaba pasar a solas con su propia familia.
A pesar de las fricciones, la ausencia de mi tío Arnulfo permitió que mi papá, como hermano mayor, se acercara más a mi tía Ernes para procurarla y cuidarla en sus momentos críticos.
Aunque ella nunca tuvo necesidades económicas, el cariño mutuo siempre fue inmenso y me hizo muy feliz. Los días con mi tía eran mágicos. Mi mamá cuidó nuevamente de mi primita Titi debido a que mi tía debía trabajar; y aunque mi mamá expresaba a veces el pesar por la carga de las tareas, dejó plasmado en Titi un amor incondicional que mi prima y mi tía Ernes siempre le correspondieron con profunda gratitud.
Fue impresionante la ternura que provocó aquella chiquita desde que estaba en la incubadora. Después de Titi no había habido ningún bebé en la familia, y en casa de mi mamá, ella representaba la primera nieta, por lo que su nacimiento causó un revuelo total. Saliendo del hospital, la primera casa que visitamos fue la de mi tía Ernestina, por ese gran amor y agradecimiento que mi papá le profesaba.
Cuando naciste tú, Eimicita, despertaste esa misma oleada de amor. Mi mamá me enseñó todos los cuidados esenciales que debía tener contigo: desde el baño, cómo cambiarte el pañal, hasta ponerte tu crema y mis propios cuidados como mujer. Sobre todo, me dio un apoyo moral invaluable en un momento de mi vida que no había sido planeado, pero que el amor de mis padres me hizo sentir fácil de afrontar.
Por supuesto, no faltaron las críticas. Recuerdo a Bertha, la hermana de mi papá, quien con su actitud siempre que me veía me insistía en que debía casarme para "no vivir en pecado" y bautizar a la nena según las leyes de la Iglesia Católica. Finalmente, en noviembre de 1995, Marco y yo decidimos bautizarte. Te bautizamos como Aurora en honor al regalo de los ojos azules de mi abuelita, y Eimi como la combinación de las iniciales de Eugenia y Marco. Tu tía Auri, mi única hermana, a quien amaba infinitamente por ser mi hermana menor, fue tu apoyo incondicional en todo. Ella y mi mamá estaban completamente enamoradas de ti. Tu tía Auri siempre lograba dormirte con una paz increíble, mientras que conmigo te la pasabas llorando y llorando. ¡Cuánto amor despertaste, Eimicita!
Después de la ceremonia religiosa, compartimos una comida en casa de Marco, donde todos fueron a despedirme, pues ese día dejaba oficialmente la casa de mis padres para comenzar mi vida de casada. Cómo lloró mi papá; derramaba mares de lágrimas. Mi mamá y Auri lo abrazaban, tratando de contener sus propias lágrimas al ver que me quedaba en una casa ajena, sintiendo que me perdían. Al despedirme de ellos, ver a mi papá llorar como un niño que pierde lo más sagrado de su vida fue un impacto que a la fecha no he vuelto a ver jamás. Mi mamá y Auri estaban desconsoladas y temerosas por mi porvenir, pero se mantenían firmes apoyando mi futuro, que ahora era contigo. Finalmente, tres meses después, las circunstancias cambiaron y dejé la casa de Marco para irme a vivir sola contigo en mi primer departamento.
Como Dios siempre acomoda las cosas en un vaivén perfecto como las olas del mar, en ese mismo año de 1995 mi papá abrió su propia empresa, la cual bautizamos como Distribuidora de Abrasivos y Productos Industriales Márquez, S.A. de C.V. (DAPIMSA). Yo misma ayudé a elegir el nombre y a diseñar el logotipo. Ahí me inicié como una mujer independiente: aprendí, lloré, trabajé, cargué mercancía y disfruté de las ventajas y retos de ser la hija del dueño. A partir del 1 de enero de 1996, tu papá y yo entramos a trabajar oficialmente en la empresa de mi papá para generar nuestro sustento. Recuerdo con tanta alegría a mis padres viendo sus sueños hechos realidad, viéndome trabajar codo a codo con mi papá, y teniéndote a ti a nuestro lado. Mientras yo trabajaba duro para salir adelante, mi mamita y Auri te cuidaban en casa con el amor más puro y grande que pueda existir. Ambas han sido tus hadas madrinas; de hecho, Auri es tu madrina de bautizo y ha sido una mujer excepcional llenándote de cariño.
Los años pasaron y yo jamás dejé de prepararme para el futuro. Comencé a estudiar idiomas, alemán y francés. El año 2000 marcó un verdadero parteaguas en mi vida: primero, por la gran oportunidad de viajar a Monterrey contratada como ingeniera de producto para VSM Abrasives; y segundo, por mi decisión de estudiar la carrera de Ingeniería Mecánico-Eléctrica
en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Todos los días me imponía el reto estricto de que, si reprobaba una sola materia, dejaría los estudios. Me costó muchísimo trabajo, pero logré sacar adelante los cinco años de la carrera, y todo fue gracias al apoyo absoluto de mis tres pilares: mi madre, mi padre y mi hermana.
A veces te quedabas solita con mi mamá y Auri mientras yo estudiaba o trabajaba. Así, paso a paso, la niña que alguna vez hizo la maleta para irse con la vecina, la que pedía una antena parabólica para escuchar la música del mundo y se enchinaba el cabello para parecerse a su mamá, se convirtió en madre, de igual forma en esposa, estudiante y trabajadora. Me transformé en la mujer que mi madre siempre supo que sería: alguien que no se detiene, alguien que, aunque el camino se desvíe, sigue caminando. Mi mamá nunca dejó de creer en mí; ni cuando dejé la universidad la primera vez, ni cuando me fui de su casa, ni cuando decidí empezar de cero. Ella siempre estuvo ahí con comida recién hecha para la hora del recreo, la ropa limpia, la puerta abierta y un amor que no se agota. Verdad con ternura: así fue mi mamá, y así escribo yo.
Es verdad que mi mamá solía quejarse del "tener que". Uno de sus pequeños defectos era comentar las cosas sin mesura y a veces sin compasión, dejando salir constantemente la queja de que tenía que cuidarte, tenía que cocinar, tenía que atender a los perros y a los pájaros...
Ese "tenía" parecía no permitirle hacer lo que realmente quería. En realidad, yo nunca entendí del todo esa parte. Un día la confronté mientras se quejaba de los límites de estar con mi papá y le manifesté de frente que, si no era feliz, la única solución era dejarlo. A raíz de esa fuerte conversación, decidí cambiar mi rutina y dejé de convivir los sábados con la familia de mi mamá; un distanciamiento cuyas razones profundas explicaré en la segunda parte de mi autobiografía. A partir de entonces, dediqué mis sábados por completo a mi tía Ernes y a mi prima Titi.
Poco después de mi graduación, el 8 de marzo de 2006, mi hermana trajo al mundo a María Luisa. ¡Qué bendición tan grande para la familia! Luisa se convirtió en la segunda nieta de mi mamá. Para ese entonces, mi nena, tú ya tenías 11 años y habías sido el centro del amor absoluto de tus abuelos, especialmente de mi mamá, quien te llevaba a hacer tus ejercicios todos los días, te enseñó a bañarte solita y te inculcó la limpieza personal y del hogar.
Durante la época de la universidad, compartí momentos maravillosos con mi tío favorito de ese tiempo, mi tío Alfonso, hermano de mi mamá. Él se convirtió en mi mejor amigo y en parte de mi inspiración para seguir superándome a pesar de las carencias y adversidades.
Siempre andábamos juntos; salía con él, compartí mis primeras fiestas junto a él y mi hermana Auri, quien con mucha gracia iba por mí cuando me pasaba un poco de copas. Qué hermosos recuerdos... Mientras tanto, mi mamita adorada se quedaba cuidando de ti, Eimi.
El amor de mi madre nunca cambió ni desistió; tenía un corazón inmenso para ti, para Luisa y para todos los que formaban su familia, sin flaquear y sin doblarse jamás. A pesar de los problemas con mi papá —que en ese entonces yo aún no comprendía del todo—, ella nunca se rindió y siempre mantuvo un hogar cálido a donde llegar.
Cuando obtuve mi primera casa propia adquirida a través del Infonavit en Los Héroes, decidí que mi hermana podía vivir en ella, mientras que yo regresé a vivir con mis papás. Tras haber dejado atrás mi historia con Marco, mis deseos de seguir creciendo personal y profesionalmente eran inquebrantables y nadie me los iba a arrebatar. Regresar con mis padres me permitió terminar mi carrera y buscar nuevas oportunidades laborales, ya que
había alcanzado mi tope de crecimiento en DAPIMSA. De la mano de mi papá aprendí a ser una verdadera profesional; me enamoré profundamente de los abrasivos y de los procesos industriales, los cuales fueron la base técnica que me impulsó a estudiar ingeniería. Las enseñanzas de mi papá formaron la estructura de mi ser profesional; su mano fue dura, pero fue la clave de mi éxito, sin olvidar jamás que mi mamá se dedicaba en cuerpo y alma a cuidar a mi hijita mientras yo no estaba. Trabajé duro, viajé, aprendí y sudé, pero siempre con un enfoque claro: ser. Es una palabra simple, pero encontrar la forma de lograrlo es un reto que no todos consiguen. El amor, la comprensión y la dedicación de mis padres fueron las herramientas clave para que yo lograra ser quien yo quisiera ser.
Los conocimientos en DAPIMSA me dieron alas, y mi carrera me dio la oportunidad de volar hacia Dual Talleres Metal Mecánica como ingeniera de proyecto. Empecé a viajar por toda la República representando a la empresa, y mi mamita siempre fue mi otro yo, actuando como la verdadera madre de mi hija en Puebla mientras yo estaba ausente.
Pasaron dos años más cuando el destino me llevó a conocer a Hendrick Jacobus Ellis, en Sudáfrica. A ti, mi nena, te costaba mucho adaptarte al principio; extrañabas entrañablemente a mi mamá y a mi hermana, y solo pensabas en regresar por lo menos cada seis meses. Por mi parte, me esforcé en construir un sustento independiente para poder viajar a México cada año. Afortunadamente, Hennie y yo pudimos regresar a pasar una Navidad maravillosa con mis padres. Nos recibieron de la manera más hermosa; Hennie se ganó por completo la confianza de mi papá, y mi mamá, con su alegría eterna, lo aceptó de inmediato como parte de mi vida. Estar juntos en México me hizo comprender que mi ciclo ahí había cerrado y que mi presente pertenecía a Sudáfrica, por lo que regresé completamente convencida de mi nueva etapa.
Un mes antes del Día de las Madres, ya de vuelta en Sudáfrica, hablé con mi papá y le pedí que le regaláramos a mi mamita un viaje para que conociera mi maravillosa vida, mi casa y los logros que había alcanzado gracias a ellos. Así fue como mi mamá llegó a Sudáfrica para quedarse tres meses espectaculares conmigo. Jamás olvidaré su llegada: venía toda despeinada y asustada porque se había perdido en la estación hasta que alguien la ayudó a salir; al verme, llorando me dijo: «Pensé que no habían venido por mí».
Disfrutamos su estancia con un amor inmenso. Viajamos, paseamos y comimos juntas. Por primera vez logré ver en mi mamá a la mujer, a la amiga y al ser humano disfrutar plenamente de mi realidad, agradeciendo a Dios por mi vida en un país tan diferente y hermoso. Al ver que yo era inmensamente feliz, por fin se quedó tranquila. Muchas veces le hice saber que estar en donde quería, preparando un futuro hermoso para ti y para mí, era un logro que les pertenecía a ella, a mi papá y a mi hermana. Mi mamá disfrutó de las montañas de Ciudad del Cabo, de la playa, los museos y la gastronomía; gozó los viajes en tren, especialmente aquel trayecto hacia Upington, donde operarían a mi hijita de las anginas. Allí pasamos unos días de tremenda alegría con mis amigos de Cuba, entre comida cubana, bailes y un amor desbordante que le dio a mi mamá las memorias más hermosas de su viaje. Ella vivió una experiencia inolvidable, y fiel a su esencia generosa, solo pensaba en comprar cosas para su familia en México, olvidándose de sí misma. Siempre fue así, buscando un pequeño detalle para los suyos.
Fue triste ver que mi hija tuvo que regresar a México antes que su abuelita porque ya extrañaba al resto de la familia, a su abuelo, a su tía y a sus amigos. Mi mamá se quedó unos meses más conmigo, un tiempo único donde se nos olvidó por completo el rol de madre e hija
y convivimos como dos grandes mujeres y amigas. Ella siempre estaba preocupada por el bienestar de lo que dejaba en México: por mi papá, por Auri, por sus perritos y sus periquitos
—unos animalitos que amaba con todas las fuerzas de su alma—. Su constante inquietud por saber si mi papá estaba bien o qué iba a comer fue lo que limitó que se quedara más tiempo conmigo. Despedirme de ella y verla abordar el avión de regreso a México fue un dolor profundo que me dejó sola en mi nueva realidad.
A partir de entonces, la comunicación con mis padres se volvió más pausada debido a la distancia; aunque intentábamos hablar diario, a veces las ocupaciones lo impedían, por lo que el contacto físico se redujo a nuestras visitas anuales en Navidad. Mis padres hacían de cada regreso algo mágico: me esperaban con mis comidas favoritas, organizaban asados en casa, visitas a familiares y reuniones con amigas para hacerme sentir la mujer más dichosa. Yo intento recompensarles todo ese sacrificio con amor concentrado una vez al año, pero la distancia no impedía que mi mamá estuviera presente todos los días de su vida, mandándome sin falta un mensaje de buenos días y su bendición.
Años después, una vez establecida en Alemania, independiente, mi hija regresó a mí para quedarse. Me esforcé al máximo por darle a mi nena el hogar estable que siempre le prometí. Sé que mi mamá sufrió muchísimo al perder la cercanía de su "Micita", como ella te llamaba cariñosamente. Mi niña, mi cielo, aunque estas memorias están escritas en honor a tu abuelita, las hice pensando enteramente en ti, para que jamás olvides el ser tan extraordinario que fue. Tú lo sabes porque lo viviste; ahora te corresponderá a ti escribir tus propias memorias, unas que serán aún más cercanas porque compartiste el día a día con el ser más hermoso de este planeta.
Cuando cumplí 49 años, mi trabajo me exigía viajar constantemente a México y Latinoamérica, lo que a partir de 2022 me bendijo con la oportunidad de convivir más de un mes seguido con mis amados padres. Eso nos hacía inmensamente felices a todos, pero de manera especial a mi mamá, quien me consentía con mis platillos preferidos en cuanto ponía un pie en la casa. Mis padres estaban por cumplir casi 50 años de casados; una vida entera de altibajos, de madurar y empezar a envejecer juntos, amando plenamente a sus hijas y a su nieto, a quien bautizaron como Raymundo en honor a mi padre, especialmente porque su carita es el vivo retrato de mi papá cuando era niño.
In 2023, una fuerte alerta médica nos llenó de profunda preocupación: los médicos encontraron un tumor en el útero de mi mamá que requería una intervención quirúrgica inmediata. Viajé de urgencia para agilizar el procedimiento, pero desafortunadamente el diagnóstico fue cáncer, y era tan agresivo que ya se había extendido fuera del útero. Los pronósticos médicos eran sumamente desalentadores y pesimistas.
Para el año 2024, Dios me bendijo con un proyecto contratado en México, lo que me permitió estar presente durante los meses más difíciles de la enfermedad de mi mamá. Estuve a su lado tras las duras sesiones de radioterapia, pero al recibir el resultado de su primer estudio PET, la realidad nos golpeó con crueldad: el cáncer había hecho metástasis en varias partes de su cuerpo. A pesar de la gravedad, y debido a que no queríamos llenarla de terror ni espantarla ante una evolución totalmente desconocida para nosotras, mi hermana y yo tomamos la decisión de protegerla del diagnóstico. Evitamos comentarle la magnitud de la noticia que a nosotras nos devoraba el alma día con día; gracias a eso, ella mantuvo intacto su espíritu alegre, lleno de energía y felicidad.
En diciembre de 2024 tuve que regresar a Sudáfrica por cuestiones laborales, sabiendo que mi mamita continuaba en proceso de atención médica. En su mente, su mayor deseo era operarse la columna debido a que el dolor de espalda la aquejaba con más fuerza que el propio cáncer que la estaba consumiendo en silencio. Desde Sudáfrica hablaba con ella y con mis tías prácticamente todos los días para monitorear sus novedades, pero la enfermedad superó rápidamente cualquier expectativa médica. En junio regresé para estar con ella en sus últimos días.
Hasta el último suspiro de su existencia, mi madre me dio su bendición. Incluso en su lecho de muerte, su único y constante pensamiento fue el bienestar de los suyos: «¿Ya comió tu papá?», me preguntó con un hilo de voz. «¿Y mis periquitos?». «Todos están bien, mamá», le respondí con el corazón deshecho mientras la sostenía. En ese momento, envié un mensaje urgente a toda la familia pidiéndoles que mandaran notas de voz con palabras de ánimo, asegurándoles que ella los estaba escuchando. Completamente lúcida, pensando en cada uno de nosotros y cobijada por los audios de amor de su familia, me miró, me dijo que se sentía mal y, pacíficamente, dejó de respirar.
Mi mamá se fue de este mundo escuchando el amor puro de su familia, con la absoluta paz de saber que mi padre estaba bien, que su hermana, sus hijas, sus nietas, sus nietos y sus amados animalitos quedaban bajo un manto de unión. Se marchó rodeada del amor que ella misma sembró.
Mamá en Sudáfrica, frente a Table Mountain, Ciudad del Cabo.
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EPÍLOGO
La Promesa del Mar
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Al organizar tus pertenencias, mamá, descubrí tesoros que esperaban un "mañana" que nunca llegó: perfumes intactos, ropa sin estrenar, ahorros que se quedaron en el olvido. Entendí, con dolor y gratitud, que la vida no se acumula, se vive. Por eso, hija mía, mi mayor herencia para ti no son las cosas materiales, sino esta certeza: no guardes nada para una ocasión especial.
La ocasión especial es hoy. Baila, canta, usa tu mejor ropa, rocía ese perfume que tanto te gusta y disfruta cada bocado como si fuera un banquete. Maquíllate todos los días, no para que te vean, sino para celebrarte a ti misma. Porque al final del camino no nos llevamos lo que guardamos, sino los momentos que atesoramos. Florece hoy, sonríe siempre, que en el cielo tienes un firmamento de estrellas iluminando tu camino.
Aquí, donde las palabras descansan y el papel resguarda lo que el tiempo ya no puede borrar, te dejo mi última promesa, Aurora Eimi. Te prometo que siempre, sin importar la fuerza de la tormenta, tendré la fortaleza necesaria para seguir siendo quien soy. Mi herencia me lo ha permitido, el linaje de guerreros que corre por mis venas me sostiene, y seguiré trabajando firmemente por ello cada día de mi vida.
Hoy, mi nena, cierro mi manuscrito, y con el corazón henchido de orgullo, te entrego la pluma. Ahora te toca a ti empezar tu propio libro de memorias... Camina sin temor, escribe tus propias victorias y recuerda siempre las estrofas de aquella hermosa canción del cantautor Alejandro Filio que tanto amo y que resume mi filosofía ante la vida:
"Porque no navego en barco de papel,
puedo cruzar cualquier mar;
si naufrago alguna vez, no lo olvides,
aprenderé a nadar..."
— Alejandro Filio
Tú y yo estamos hechas para cruzar cualquier océano.
No lo olvides jamás. 💕
María Eugenia Márquez Jiménez
📊 Perfil Profesional
María Eugenia Márquez Jiménez es Ingeniera Mecánico-Eléctrica por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) y Maestra en Business Intelligence.
Con una mente brillante y una destacada trayectoria profesional, se ha consolidado como Business Intelligence Manager, estratega y asesora experta en procesos de digitalización y transformación tecnológica empresarial.
Su liderazgo y visión técnica la han llevado a liderar proyectos de alta complejidad a nivel internacional, cruzando fronteras geográficas y culturales con la firmeza que caracteriza su carácter.
🌸 Raíces y Tradición
Sin embargo, más allá de los datos, la ingeniería y su sólida formación profesional, María Eugenia es una mujer profundamente arraigada a sus raíces familiares y al misticismo histórico de la cultura.
Comparte un lazo inquebrantable de complicidad con su hija Eimi y Jörg Rudersdorf . En su vida en Gruiten, encuentra equilibrio, paz y lealtad en la entrañable compañía de Rudi y Matias.
💕 Su Mayor Orgullo
Su mayor orgullo, su obra maestra y la luz que guía cada uno de sus esfuerzos es su hija, Aurora Eimi.
Este libro de memorias es el testimonio vivo de su resiliencia, un legado de amor imperecedero y la prueba fehaciente de que pertenece a una estirpe de mujeres empoderadas que jamás se rinden ante el mar de la vida.
📊 💕
🎓
Formación
Ingeniera Mecánico-Eléctrica
Maestra en Business Intelligence
💼
Trayectoria
BI Manager
Proyectos Internacionales
🐾
Compañero
Matias
Bulldog Francés
"El amor que sembraste
florece en cada una de nosotras"
María Eugenia Jiménez Rivera
1950 — 2025
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